Esta semana, más de un millón de maestras y maestros de educación básica fueron consultados sobre una pregunta que parece sencilla, pero no lo es: ¿qué hacer con los celulares en las escuelas? La Secretaría de Educación Pública busca construir una regulación nacional y ha planteado que el debate debe ir más allá de prohibir dispositivos: se trata de entender su impacto en el aprendizaje, la salud y el desarrollo de niñas, niños y adolescentes.
Me parece una buena decisión escuchar primero a quienes están todos los días frente a un grupo. Pero mientras llegan las reglas, hay algo que las y los docentes pueden hacer desde ahora: poner la pedagogía antes que la pantalla. No se trata de estar a favor o en contra de la tecnología. Se trata de preguntarnos para qué la usamos, cuándo ayuda a aprender y cuándo comienza a competir con aquello que queremos que ocurra en la escuela.
Los datos obligan a tomar el tema en serio. En México pasamos, en poco más de una década, de que 11.7% de las niñas y niños de 6 a 11 años utilizara internet en 2013, a 79% actualmente. El 90.4% de quienes usan internet utilizan también redes sociales y 83% de madres y padres expresan preocupación por el tiempo que sus hijos pasan frente a las pantallas.
Y hay algo todavía más importante para la escuela: una distracción provocada por el celular puede requerir alrededor de 20 minutos para recuperar la concentración, de acuerdo con el dato citado por UNESCO. Por eso, antes de iniciar el ciclo escolar, durante las clases y en conversación con las familias, hay tres momentos de acción docente que deben considerarse.
Primero, previo al arranque del ciclo escolar, acordemos para qué queremos las pantallas. Antes de decidir dónde se guardarán los celulares, vale la pena decidir qué queremos que suceda en el aula. ¿Qué aprendizajes requieren conversación? ¿Cuáles necesitan lectura profunda, escritura, experimentación o trabajo colaborativo? ¿En cuáles una herramienta digital realmente agrega valor?
La pregunta no debería ser “¿podemos usar tecnología?”, sino “¿esta tecnología mejora el aprendizaje que queremos lograr?”. El Consejo Técnico Escolar puede ser un espacio privilegiado para construir estos acuerdos. No se necesita una regla idéntica para todas las situaciones. Podemos definir momentos claramente libres de dispositivos, así como otros en los que la tecnología tenga un propósito pedagógico explícito.
Esto es especialmente importante ahora que la inteligencia artificial empieza a formar parte de la vida cotidiana de las y los estudiantes. Una nota de política educativa de Mexicanos Primero señala que 93.1% de los estudiantes conoce la IA y que 77.4% la utiliza para redactar textos. La respuesta de la escuela no puede ser simplemente cerrar la puerta. Necesitamos enseñar a usarla.
Segundo, durante el ciclo escolar, recuperemos la atención como un aprendizaje. La atención no es un recurso infinito. También se educa. Si queremos que niñas, niños y adolescentes lean, argumenten, resuelvan problemas y piensen críticamente, necesitamos generar espacios en los que puedan concentrarse sin interrupciones permanentes.
Eso significa alternar actividades digitales con otras que exijan escuchar, conversar, escribir a mano, leer en papel, jugar, crear y trabajar cara a cara. Significa también evitar que una clase se convierta en una sucesión de estímulos. La tecnología debe estar al servicio de la actividad pedagógica y no al revés.
Esto es todavía más relevante porque las plataformas digitales están diseñadas para capturar nuestra atención. Las distintas notas técnicas realizadas desde Mexicanos Primero advierten que las herramientas de IA y las plataformas pueden manipular la atención y que la alfabetización digital debe incluir pensamiento crítico, privacidad, ética y capacidad para distinguir información verdadera de contenidos sesgados o manipulados.
Por eso, una buena clase sobre tecnología no necesariamente necesita una pantalla. Puede consistir en analizar un video, discutir por qué un algoritmo nos muestra determinado contenido, cuestionar una respuesta generada por IA o preguntarnos qué información estamos entregando cuando utilizamos una aplicación.
Por último, hagamos de las familias nuestras aliadas, no nuestras contrapartes. La escuela puede establecer reglas para el aula, pero no puede resolver sola lo que ocurre frente a las pantallas durante las otras horas del día. El propio debate que impulsa la SEP reconoce que la responsabilidad no termina en las escuelas y que requiere la participación de docentes, madres y padres de familia.
Por eso, más que enviar a las familias una lista de prohibiciones, deberíamos abrir una conversación: ¿a qué hora se apagan los dispositivos en casa?, ¿dónde duermen los celulares?, ¿hay momentos familiares sin pantallas?, ¿qué hacen nuestros hijas o hijos cuando algo que ven en internet les preocupa?, ¿saben distinguir información de publicidad?, ¿qué hacemos frente al ciberacoso?
Hay una razón adicional para hacerlo. El uso nocturno de dispositivos puede interferir con el sueño y la regulación emocional, mientras que las pantallas también están desplazando espacios de juego libre y convivencia presencial. Necesitamos entonces una alianza que no diga solamente cuánto tiempo pueden estar conectados, sino qué queremos proteger cuando decidimos desconectarnos: el sueño, la conversación, el juego, la lectura, la amistad, las interacciones, el movimiento y la capacidad de estar con otros sin necesidad de un dispositivo en medio.
El gobierno hará su parte al definir una regulación nacional. Las escuelas tendrán que construir acuerdos. Las familias tendrán responsabilidades. Pero hay algo que no podemos delegar en una norma: enseñar a nuestros estudiantes a gobernar su propia atención.
La tecnología llegó para quedarse. La inteligencia artificial también. La pregunta al centro ya no es cómo sacar las pantallas de la escuela. Es cómo evitar que las pantallas saquen de la escuela aquello que ninguna tecnología puede sustituir: la atención, la curiosidad, la conversación, el pensamiento crítico, el vínculo humano y el deseo de aprender.
Porque no se trata de educar contra la tecnología. Se trata de educar para que nuestros estudiantes puedan usarla sin que ella termine usándolos a ellos.
