Antes del Fin

Sale Maduro, entra Delcy: el monstruo cae, el sistema queda

El día que Venezuela rompa el triángulo de fama, poder y riqueza, desmonte la red y no solo al monstruo, entonces sí podremos hablar de transición política.

Los sistemas de poder rara vez caen con sus rostros. Caen cuando se rompe la red que los sostiene. Venezuela vive un momento que muchos quieren leer como ruptura, cuando en realidad se parece más a un reacomodo interno. Sale Nicolás Maduro, entra Delcy Rodríguez, y la pregunta inevitable es: ¿estamos ante una transición o ante la sustitución de una pieza dentro del mismo engranaje?

Porque los regímenes no se explican solo por quienes los encabezan, sino por las estructuras que los permiten. Y el chavismo, más que un liderazgo, fue un modelo: concentración del poder, neutralización de contrapesos, captura de la justicia, subordinación militar, uso político de la economía y colonización de la institucionalidad. Mientras esa arquitectura no se desmonte, cualquier relevo será cosmético.

Delcy no llega desde fuera. Llega desde dentro. No irrumpe como ruptura, sino como continuidad interna. No inaugura un sistema nuevo, administra el existente. Cambia el tono, no la lógica. Cambia la figura, no la red.

Aquí conviene nombrar algo que rara vez se dice en voz alta: los sistemas autoritarios no sobreviven solo por la fuerza, sobreviven porque construyen —o toleran— monstruos útiles. Figuras que concentran el odio, simplifican el relato y permiten que el resto del entramado permanezca intacto. El monstruo es visible. La red, no.

Quitar al monstruo sin desmontar la red no limpia el sistema: lo protege. Porque la indignación se agota en el individuo, mientras la estructura sigue operando. Aislar el mal en un rostro permite que nadie mire la arquitectura que lo hizo posible.

Y aquí aparece la lectura más fina: el poder real no se organiza solo en jerarquías, se organiza en triángulos. Fama, poder y riqueza. Visibilidad, control y beneficio. Cuando esos tres vértices se alinean, el sistema se vuelve resistente al escándalo, a la denuncia y, a veces, incluso al cambio de gobierno. Cambian los nombres, no la geometría.

Eso es lo que está en juego en Venezuela. Maduro fue el rostro, el concentrador simbólico del desgaste. Pero alrededor estaban —y siguen estando— los circuitos de poder, los beneficiarios económicos, los operadores políticos, los silencios convenientes. Quitar al vértice visible sin tocar los otros dos no es transición. Es redistribución interna.

Pero sería cómodo —y peligroso— cargar toda la culpa al chavismo. Porque los regímenes también se sostienen por la debilidad de las alternativas. La oposición ha sido valiente en momentos, pero también fragmentada y sin proyecto institucional sólido. Ha sabido resistir, pero no siempre ha sabido construir. Y las transiciones fracasan no solo cuando el poder no cede, sino cuando la alternativa no está lista para gobernar.

Un país no se libera solo porque cae el opresor. Se libera cuando aparece un Estado posible. Cuando hay proyecto, reglas, institucionalidad y capacidad de gestión. La épica derriba. La técnica gobierna.

Desde fuera, el tablero sí se movió. Estados Unidos intervino de facto y dejó claro que su eje es el petróleo. La negociación de exportaciones, el control sobre ingresos y la reconfiguración de PDVSA responden a lógica geoeconómica, no a ingeniería democrática. No están diseñadas para reconstruir el Estado, sino para asegurar suministro. Eso puede generar oxígeno. No genera instituciones.

El petróleo, además, no es una palanca automática. La industria está devastada y con su cadena de valor rota. Recuperarla exige gobernanza, capital humano, inversión sostenida y credibilidad. Sin eso, el crudo es recurso, no solución.

Y luego está la deuda. Un país que no enfrenta su pasivo no reconstruye confianza. No recupera acceso al crédito. No atrae inversión productiva. No hay nuevo comienzo sin asumir el costo del pasado. Y hoy no existe una hoja de ruta clara y consensuada para la reestructuración de la deuda venezolana. Sin eso, cualquier entusiasmo es espuma.

Antes del fin

Esto no es una condena. Es una advertencia. Porque los países no se reconstruyen con relevos, se reconstruyen con límites. Límites al Ejecutivo, a la arbitrariedad y a la impunidad. Y también con oposiciones capaces de ser Estado, no solo resistencia.

El día que Venezuela rompa el triángulo de fama, poder y riqueza, desmonte la red y no solo al monstruo, entonces sí podremos hablar de transición. Todo lo demás, por ahora, es reacomodo.

Y los reacomodos, cuando se confunden con liberaciones, suelen terminar llamándose de la misma forma: continuidad.

Nadine Cortés

Nadine Cortés

Abogada especialista en gestión de políticas migratorias internacionales.

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