En petit comité

Colombia se acaba de hundir o se salva

Pero más que un giro ideológico, lo que vemos que se repite en toda América Latina es el voto de castigo contra los gobiernos en funciones.

América Latina entra nuevamente en una fase de corrección del rumbo político.

Después de una década marcada por el ascenso de proyectos de izquierda, que prometieron combatir la desigualdad, ampliar derechos y transformar estructuras históricas de exclusión, los votantes de la región están enviando un mensaje distinto, y es que la paciencia se agotó.

Los resultados electorales registrados a lo largo de 2025 y de 2026 muestran una tendencia que no se debe ignorar.

En Bolivia, el oficialismo del Movimiento al Socialismo perdió el poder tras casi dos décadas de predominio político.

En Costa Rica, la derecha obtuvo una contundente victoria presidencial.

En Chile, Ecuador, Argentina y otros países se consolidaron liderazgos conservadores o de centroderecha impulsados por el descontento ciudadano frente a la inseguridad, el estancamiento económico y la percepción de corrupción.

Pero más que un giro ideológico, lo que vemos que se repite en toda América Latina es el voto de castigo contra los gobiernos en funciones.

En ese contexto se desarrollan las elecciones presidenciales de Colombia.

Aunque aún falta conocer el desenlace definitivo, las encuestas y el debate público muestran el desgaste del proyecto encabezado por Gustavo Petro.

El crecimiento de figuras como Abelardo de la Espriella —quien tiene como modelos a Nayib Bukele y a Javier Milei— refleja una demanda creciente por orden, seguridad y confrontación directa con el crimen organizado, temas que han tomado un papel central y además son cruciales para toda la región.

El problema para Petro no es únicamente económico. Su administración ha estado manchada por constantes controversias políticas, investigaciones sobre financiamiento electoral y acusaciones de presuntas irregularidades que han erosionado la confianza pública.

A ello se suma una percepción de falta de resultados en materia de seguridad, mientras grupos criminales mantienen presencia en amplias zonas del país.

El fenómeno no es exclusivo de Colombia: es el mismo desgaste que enfrentaron gobiernos que llegaron al poder prometiendo cambios profundos y terminaron atrapados por la polarización, la improvisación o los escándalos, y en el peor de los casos terminaron convirtiéndose en una dictadura, como ocurrió en Venezuela.

Colombia importa no solo porque elegirá al sucesor de Petro, sino porque podría convertirse en el laboratorio más reciente de una tendencia continental.

El péndulo latinoamericano vuelve a moverse.

Y esta vez no parece impulsado por grandes debates ideológicos, sino por una demanda mucho más simple y poderosa: la de gobiernos eficaces, honestos y capaces de garantizar seguridad.

La historia demuestra que ningún proyecto político tiene asegurada su permanencia.

Cuando las promesas de transformación se convierten en decepción, los ciudadanos buscan alternativas. Colombia podría ser la próxima estación de ese viraje.

Sotto Voce

Con una inversión de 2 mil 800 mdp en siete municipios, el gobernador de Oaxaca, Salomón Jara, va por la transformación de la capital de esa entidad con el programa Linda Oaxaca “Sicarú Lula”.

El programa constará de obras de bacheo, rehabilitación de banquetas y acondicionamiento de espacios públicos.

En Ixtapa, la gobernadora de Guerrero, Evelyn Salgado, inauguró la primera etapa de remodelación de la Zona Comercial de Ixtapa, a la que destinó una inversión conjunta de 23 millones de pesos entre el estado y el municipio con el objetivo de fortalecer la infraestructura turística y promover el desarrollo económico de ese destino.

Oscar Mario Beteta

Oscar Mario Beteta

Con más de 30 años de presencia y experiencia en medios de comunicación, Óscar Mario Beteta es un conocido periodista y conductor de televisión mexicano.

COLUMNAS ANTERIORES

Guardar el equilibrio
Y Cuba… ¿para cuándo y cómo?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.