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México no puede apagar el teléfono

México trabaja en promedio 2 mil 308 horas al año por persona, la cifra más alta entre los países de la OCDE: casi 600 horas más que el promedio.

Muchas, muchísimas veces en la historia, la frase “trabajar hasta morir” estuvo muy lejos de ser hiperbólica.

En las minas chilenas del norte, a principios del siglo XX, se pagaba a los trabajadores con fichas que solo servían en la tienda de la empresa, y las jornadas de 14 o 16 horas —niños incluidos— eran la norma.

En 1907, cientos de esos mineros fueron asesinados en la Escuela Santa María de Iquique. Habían marchado para exigir algo que hoy no está en discusión: una jornada de ocho horas y un trato digno.

México tiene una historia parecida. En 1906, los mineros de Cananea se lanzaron a la huelga para pedir igualdad salarial y límites a la jornada. La respuesta fue la represión: el Ejército y los Rangers de Arizona dispararon contra ellos, dejando decenas de muertos.

Y 20 años antes, en Chicago, miles de obreros salieron a las calles con la consigna de ocho horas para trabajar, ocho para descansar y ocho para vivir. La represión en Haymarket dejó muertos, detenidos y ejecutados. De ahí surgió el Día Internacional del Trabajo.

Cada derecho laboral que hoy parece evidente —descanso, vacaciones, seguridad social— tiene detrás una historia de lucha.

Visto desde hoy, ese pasado puede parecer lejano. Pero la frontera entre el trabajo y la vida no se conquistó de una vez para siempre. Se mueve, cambia de forma, y cada generación tiene que volver a trazarla.

La nuestra lo está haciendo en otro terreno.

Hoy el conflicto ya no está en fábricas ni en las minas. Está en el bolsillo. En el celular que vibra a las diez de la noche. En el correo del domingo. En el mensaje “rápido” que nunca lo es.

México trabaja en promedio 2 mil 308 horas al año por persona, la cifra más alta entre los países de la OCDE: casi 600 horas más que el promedio. Sin embargo, ese esfuerzo no se traduce en mayor bienestar. La productividad por hora ronda los 22 dólares, mientras que en países como Irlanda llega a 109.

El problema no es que en México se trabaje poco. Es que durante décadas se normalizó trabajar más por menos.

La pandemia terminó de borrar las fronteras. El teletrabajo llevó la oficina a la casa, pero también llevó el trabajo a cualquier hora. Para millones de personas, la jornada ya no termina al salir de la oficina, sino cuando dejan de contestar el teléfono.

Y eso tiene consecuencias.

Según la OMS, el 75% de las personas trabajadoras en México padece agotamiento laboral extremo, por encima de países como China (73%) o Estados Unidos (59%). El 72% ha experimentado burnout en el último año. El estrés y la depresión ya tienen un impacto económico equivalente a cerca del 4% del PIB nacional. Y, en promedio, las familias apenas comparten poco más de una hora al día (74 mins).

Por eso importa lo que ocurrió el 3 de marzo de 2026 en México.

La Cámara de Diputados aprobó una reforma a la Ley Federal del Trabajo para reconocer el derecho a la desconexión digital: la posibilidad de no responder mensajes laborales fuera del horario de trabajo, en días de descanso, vacaciones o licencias. El dictamen ahora está en el Senado.

Si se concreta, México se sumaría a países como Francia, España, Chile o Argentina, donde este derecho ya está reconocido.

Pero no se trata solo de regular horarios.

La sobrecarga digital no afecta igual a todas las personas. Recae con mayor fuerza en las mujeres, especialmente en quienes asumen tareas de cuidado. Durante la pandemia, muchas sostuvieron al mismo tiempo el trabajo remunerado, el trabajo doméstico y la disponibilidad permanente. Por eso, hablar de desconexión también es hablar de igualdad.

En el fondo, la discusión es la misma de hace más de un siglo.

Antes se luchó por poner límites a la jornada física. Hoy toca poner límites al tiempo digital.

La tecnología puede mejorar la productividad y la calidad de vida. Pero sin reglas claras, también puede extender el trabajo.

Ningún derecho laboral ha sido gratuito. Todos han tenido que conquistarse.

Cada vez que el trabajo vuelve a desbordarse, toca volver a trazar la línea.

Hoy esa línea no puede depender solo de la voluntad individual. Tiene que estar respaldada por la ley y respetada en la práctica.

Porque el derecho a trabajar también incluye el derecho a descansar.

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