Plaza Viva

Digan sus nombres

Y no soy ingenuo: sé que nombrar no cambia el mundo por sí solo, pero también creo fervientemente que ningún cambio profundo comienza ignorando a quienes siguen esperando ser vistos.

“Digan sus nombres. Digan sus nombres”.

Ese era el grito que se repetía durante una transmisión en vivo desde Stonewall, en Nueva York. El lugar tiene historia: allí fue donde, en 1969, una serie de revueltas encabezadas por mujeres trans, latinas y afroamericanas marcaron el inicio del movimiento moderno por los derechos de las personas LGBTIQA+.

Pero esta vez la convocatoria tenía otro motivo, uno tristemente célebre.

La vigilia se realizaba en memoria de las víctimas de la masacre ocurrida en el club nocturno Pulse, en Orlando, del año 2016, donde 49 personas fueron asesinadas y otras 53 resultaron heridas en uno de los ataques más letales contra la comunidad LGBTIQA+ de la historia reciente.

Entre velas, flores y lágrimas, la multitud repetía una y otra vez la misma consigna: “Digan sus nombres”.

Entonces comenzaron a hacerlo. Uno por uno. Fueron nombrando a las 49 personas asesinadas aquella noche, nombrándolas para que no se les olvide, nombrándolas para que existan.

Viendo esa transmisión, se me hizo patente lo importante de nombrar, sobre todo aquello que la sociedad ha querido ocultar, a las personas obligadas a vivir en silencio, a quienes fueron expulsadas de los espacios públicos, familiares, laborales o políticos por ser quienes son.

Por eso, en este mes del orgullo, esta columna va de nombrar.

Nombrar sin eufemismos: Nombrar a las lesbianas. Nombrar a los gays. Nombrar a las personas bisexuales. Nombrar a las personas trans.

También debemos nombrar aquello que sigue pendiente.

Porque los avances de la comunidad no se distribuyen de manera equitativa. Las mujeres trans enfrentan algunas de las formas más severas de discriminación laboral. De acuerdo con la encuesta ENDISEG, tienen la mayor probabilidad de ser rechazadas en un proceso de contratación (18.8%) y de sufrir violencia en el centro de trabajo (36.9%), muy por encima de la observada en la población cisgénero.

Hay quienes siguen siendo expulsadas de sus hogares, de las escuelas o de los espacios laborales simplemente por existir.

También debemos nombrar aquellas conversaciones que durante mucho tiempo estuvieron dominadas por el miedo y el estigma.

Debemos nombrar al VIH.

Porque por décadas, el virus fue utilizado para discriminar y estigmatizar a las personas LGBTIQA+, particularmente a los hombres gays, con resultados devastadores: el miedo caló más que la información empírica y el prejuicio tuvo durante años más fuerza que la evidencia científica.

Por eso debemos nombrar la verdad.

La verdad es que el VIH no es patrimonio de una orientación sexual ni de una identidad de género. Afecta a personas de todas las comunidades, incluidas las y los heterosexuales.

Los avances médicos han transformado radicalmente el panorama, y hoy sabemos que los tratamientos antirretrovirales permiten que las personas que viven con VIH tengan una expectativa y calidad de vida comparables a las de cualquier otra persona. Y sabemos también que una persona que sigue adecuadamente su tratamiento y alcanza una carga viral indetectable no transmite el virus por vía sexual.

Nombrar también es combatir la ignorancia.

Y quiero terminar esta columna nombrando a algunas personas con quienes tengo el privilegio de compartir mi trabajo cotidiano. No son figuras públicas, son personas que forman parte del equipo que veo todos los días, personas a las que admiro por su inteligencia, compromiso, sentido del humor y humanidad. Personas con las que además conversé para escribir esta columna.

María Consuelo, Chelo.

Mario.

Brenz.

Hipólito.

Pedro.

Vicente.

Las nombro porque las discusiones sobre diversidad no pueden limitarse a cifras sobre discriminación, sino que deben comprender que acá hablamos de personas con historias, afectos, sueños y preocupaciones. Personas reales en nuestras comunidades y nuestros lugares de trabajo.

Y no soy ingenuo: sé que nombrar no cambia el mundo por sí solo, pero también creo fervientemente que ningún cambio profundo comienza ignorando a quienes siguen esperando ser vistos.

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