Al buen entendedor...

La geopolítica de las rutas

El control de rutas estratégicas como Ormuz, Taiwán y Panamá redefine las disputas de poder sobre energía, comercio y tecnología.

A lo largo de la historia, las rutas comerciales fueron la base de todo imperio. La conquista conseguía territorio, pero el control de puertos, estrechos, pasos marítimos y rutas aseguraba la riqueza, el abastecimiento y la proyección de poder. Dominar estos puntos de conexión fue lo que, en muchos casos, hizo la diferencia entre aquellos imperios que florecieron y aquellos que no sobrevivieron.

La diferencia con las potencias actuales es que no necesariamente falta conquistar dichas rutas físicamente. Basta con poder ejercer control mediante el control del acceso, la amenaza de bloqueos y el poder de encarecer o hacer peligroso el paso. Si bien el Estrecho de Ormuz es el ejemplo más reciente de cómo un espacio geográfico puede regalarle a un régimen un arma de presión incomparable, existen otros enclaves en donde se concentran disputas que serán vitales para la continuidad del comercio y la búsqueda por la supremacía de algunos Estados.

En Oriente Medio, además de Ormuz, la guerra entre Irán y Estados Unidos crecientemente se está disputando en Bab el‑Mandeb, estrecho conocido como “la puerta de las lágrimas”. Ubicado entre Yemen y el Cuerno de África, conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y funciona como la puerta de entrada y salida al Canal de Suez. Por ahí circula aproximadamente el 10% del comercio global y entre el 10% y 12% del petróleo mundial.

El principal beneficiario directo de esta ruta es Egipto. Cuando el tránsito funciona sin contratiempos, cobra peajes y, a cambio, Europa recibe productos asiáticos a menor costo y de forma más rápida. De acuerdo con datos de la Autoridad del Canal de Suez, en el año fiscal 2025-2026, el canal reportó ingresos de 4,670 millones de dólares, 23% más que el año anterior, aunque el tráfico todavía estaba por debajo de las metas previas a las disrupciones del mar Rojo.

Los grandes ganadores de esta dinámica también han sido Irán y sus proxys. Por un lado, el régimen iraní ha obligado a Occidente a dispersar recursos navales, incrementar los seguros marítimos y volver incierto el tránsito, mientras que los hutíes han ganado capacidad de presión, aún sin controlar por completo el canal. Un posible doble bloqueo, en Ormuz y en Bab el Mandeb, pondría de cabeza los precios de la energía, los fletes y los mercados mundiales.

Pero el centro del poder no está únicamente en donde se encuentra la energía. Cada vez más se concentra en los puntos de los que depende la industria y la tecnología. Tal es el caso del estrecho de Taiwán, un punto aún más complejo que Suez, pues no consiste en una ruta específica ni hay un Estado que cobre peajes. Sin embargo, por ahí transita una porción significativa del comercio asiático. Estimaciones recientes calculan que Malaca y Taiwán transportaron alrededor de 2.4 billones de dólares en mercancías cada uno durante 2024, cerca de 21% del comercio marítimo mundial por estrecho.

La importancia del estrecho no se limita a comunicar a China, Japón, Corea del Sur y el resto del Pacífico con mercados globales, también está ligada a que Taiwán es el centro de producción mundial de semiconductores avanzados. Cualquier disrupción pone en jaque a los componente esenciales para la operación de la inteligencia artificual, las telecomunicaciones, los servidores y la industria de la defensa.

En este caso, si bien Taiwán ha ganado relevancia estratégica, también China ha perfeccionado su capacidad de presión sin la necesidad, hasta ahora, de invadir. Lo hace constantemente mediante ejercicios militares, zonas de exclusión e inspecciones inesperadas, lo que eleva la incertidumbre. Esto a su vez ha hecho que Estados Unidos haya buscado en años más recientes fortalecer su sistema de alianzas en esta latitud, ya sea con cooperación militar con Japón, Filipinas, Corea del Sur y Australia, como con incentivos para relocalizar su producción de chips. Sin embargo, cualquier crisis sin duda tendría un impacto de largo alcance, con una alteración en el acceso energético, rutas de comercio y cadenas tecnológicas que sostienen a las economías de Asia-Pacífico.

En América Latina, Donald Trump ha puesto sobre la mesa nuevamente la centralidad del Canal de Panamá. Su administración ha hecho de esta vía una prioridad de su estrategia hemisférica bajo el argumento de que China ha ganado una peligrosa presencia alrededor de una vía que Estados Unidos construyó, administró durante años y en donde recae la seguridad del comercio en la región.

Al poco tiempo, CK Hutchison, la empresa china a cargo de la infraestructura portuaria, perdió concesiones que había mantenido casi tres décadas para manejar dos terminales situadas en ambos extremos del canal. Tras la anulación, Panamá asumió el control de los contratos pero fue visto como una victoria para Trump. En esta nueva Doctrina Donroe, la mira está en el control de los puertos, telecomunicaciones, minerales y energía en el hemisferio, por lo que México y el resto de los países de la región deben mirar atentos.

Además, Panamá deja una lección adicional. La crisis hídrica obligó a la Autoridad del Canal a restringir tránsitos y elevar cargos para algunos buques, recordando que el cambio climático también puede alterar rutas que durante décadas parecían garantizadas.

Los tres casos muestran que ahora la disputa de poder no será necesariamente por conquistar más territorio, sino por controlar las condiciones de circulación: quién puede mover energía, datos, mercancías y tecnología; quién puede asegurarlos; y quién puede detenerlos. Bab el Mandeb, Taiwán y Panamá muestran que la geografía y la infraestructura, son y seguirán siendo los principales pilares del campo de batalla.

Raquel López-Portillo Maltos

Raquel López-Portillo Maltos

Analista y conductora

COLUMNAS ANTERIORES

La batalla financiera contra occidente
La ley de audiencias y los peligros de la autocensura

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.