Sobreaviso

Administrando el poder

Caracas y Davos marcan los polos de la política de avasallamiento de Trump: donde puede, va por más; donde no, va por algo. Ante eso, no bastan los telefonemas ni exportar reos.

Hoy está claro. La política de avasallamiento del presidente Donald Trump no se explica ni se contiene, arguyendo que es sólo una forma de hablar. Es una forma de hablar y actuar, según la fortaleza o la debilidad del gobierno, presa de ella.

La contundente intervención militar estadunidense en Venezuela y la titubeante ofensiva trumpista contra Dinamarca y Europa en pos de un mayor control sobre Groenlandia marcan los polos de su pragmatismo y patentizan la administración proporcional del poder: donde puede, va por más; donde no, presiona al límite para algo lograr, sin importarle el ridículo. Avanza y recula, hace y dice según la talla del adversario en turno: gestiona desvergonzadamente el poder. Trump juega con fuego, pero no come lumbre, enciende y apaga incendios.

Ambos casos dejan enseñanzas. Lo importante para el efecto nacional es qué lecciones desprende de lo acontecido el gobierno encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum. Importa la reflexión oficial porque, aun reconociendo cómo ha sorteado hasta ahora la circunstancia, los telefonazos postergan, pero no disuelven los amagos y la exportación de reos no sacia la gana de actuar directa y unilateralmente.

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El punto delicado de la situación es que, resuelto de un modo u otro el asunto Venezuela y Groenlandia, Donald Trump girará su foco de atención. En tal circunstancia, no es aventurado señalar que en la agenda −por no decir, en la mira− del mandatario aparecen Canadá, México y, quizá, Cuba.

El recado de Trump al primer ministro canadiense, Mark Carney, es inequívoco. No fue una indirecta, fue una amenaza: “Canadá vive gracias a los Estados Unidos. Recuerda eso, Mark, la próxima vez que hagas una declaración.” Obviamente, al presidente estadounidense lo irritó no sólo lo dicho por Carney en Davos, sino también lo hecho por aquel en China. El canadiense hizo y dijo, mostró congruencia y eso, de seguro, representa un agravio para Trump.

En el caso de México las señales registradas en Davos son todo un aviso. El presidente del país vecino se manifestó confiado en derribar a los cárteles del narcotráfico e, incluso, consideró los ataques terrestres como “la parte fácil” de su ofensiva en contra de ellos. Por si ello no bastará y más allá de la irrelevancia que Trump concede al T-MEC, hubo dos malos augurios en torno a ese acuerdo trilateral. De un lado, la visión del secretario de Comercio estadunidense, Howard Lutnick, en torno a la globalización, señalando que esa fue una política fallida, la cual Estados Unidos ya cerró. De otro lado, la interesante postura del primer ministro de Canadá, Mark Carney, reconociendo que el modelo económico y diplomático acostumbrado agotó su posibilidad. Una y otra postura constituyen una mala noticia para el T-MEC como hasta ahora se concibe.

De esos pronunciamientos es preciso tomar nota, translucen una realidad: a México, quizá, ya no se le ve como socio ni aliado, sino como un problema de seguridad nacional en la frontera. Pintan un cuadro aún más complejo que el conocido.

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Es probable entonces que aumente la presión sobre México porque, además, el mismo Trump está bajo presión.

El presidente de Estados Unidos requiere presumir victorias, medallas o trofeos así sean de traspaso o latón, ante la imposibilidad de entregar al electorado buenos resultados económicos, políticos y sociales en el quehacer gubernamental doméstico, sobre todo, teniendo enfrente las elecciones intermedias. Median menos de diez meses para llegar a ese martes 3 de noviembre, donde el megalómano recibirá una calificación contundente de su gestión. Una calificación que, por lo pronto, las encuestas perfilan como negativa y, ante la cual, Trump no oculta su propio miedo.

Desde esa perspectiva, no es descabellado pensar que, a su forma de hablar, el mandatario agregará la actuación y, si ya más de una vez ha tomado a México por piñata, no es improbable que, además de pegarle de gritos, ahora le dé palos severos. Lo necesita, lo desea y le gusta.

La interrogante es si, ante lo ocurrido y lo que sigue, el gobierno mexicano replanteará su estrategia ante el delirante mandatario del país vecino.

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La asimetría con Estados Unidos y la difícil situación económica y financiera doméstica dejan un reducido margen de maniobra ante el gobierno trumpista y, desde luego, es imposible jugar a ver qué resulta de la revisión del tratado trilateral al inicio de julio y qué deparan las elecciones de noviembre en Estados Unidos. No se correría un riesgo, sino un peligro.

En tal condición, el campo de operación es dentro, no fuera del país. Es menester distender la atmósfera, apartarse de la idea de que no hay vínculo ni vasos comunicantes entre política interior y exterior y, en aras del alineamiento de ellas, dejar de emprender acciones que dividen en vez de unir al país, al tiempo que debilitan, en vez de fortalecer a la jefa del Ejecutivo.

En la coyuntura, es absurdo seguir usando el servicio exterior como agencia de colocación de políticos sin la menor experiencia diplomática; insistir en una reforma electoral que están reventado o mediatizando no los adversarios, sino los aliados; dejar de tildar de traidores a quien discrepe del poder establecido; tolerar los desaguisados en la Corte; dejar de nombrar funcionarios que agravian a la sociedad, como el caso de Francisco Garduño… Es hora de ir por los políticos asociados al crimen.

Momento de generar confianza, no incertidumbre política y jurídica.

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Qué bueno, hasta ahora lo peor no ha ocurrido. Sin embargo, urge a reflexionar en serio y afinar la estrategia, en vez de quedar a expensas de la administración del poder de Donald Trump. No basta llamar por teléfono cada mes ni exportar reos por tandas.

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