La hora del pacto
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La hora del pacto

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La hora del pacto

01/08/2019
Actualización 01/08/2019 - 12:12

Al mantener su intrigante cruzada contra los indicadores y su uso, el presidente López Obrador confunde más, habida cuenta de lo confuso de la situación misma. Creo, además, que la insistencia no logra convencer de que la circunstancia económica no solo está bien, sino que va para mejor. No hay recesión ni está a la vista, es el mensaje socorrido de las mañaneras; mientras, se toma un tiempo adicional para arramblar contra los economistas a quienes “no puede dejárseles el comando de la economía”. Del juicio sumario a Coneval y sus expertos se pasa ahora a otra incomodidad que por estos días se ha elegido para el tiro al blanco presidencial. Sin duda, podemos acoger este complejo sistema de creencias y apostar todo a que los exorcismos del presidente van a arrinconar a los hechiceros y a todo tipo de malos agüeros.

Sin embargo, la necia y, digamos, mala educación positivista se nos impone una y otra vez y el espectro del PIB y sus terríficos tentáculos, el PIB por persona, la tasa de inversión o los movimientos comerciales externos retoman su influjo y nos llevan del lado lúgubre de esta historia. Y de esta pretenciosa ciencia económica que el gran historiador Thomas Carlyle bautizó precisamente como ciencia lúgubre.

No hay recesión según la definición compleja de la Oficina Nacional de Investigación Económica, pero el banco de inversión JPMorgan se empeña en señalar que hay una “recesión técnica”, que el desempeño de la actividad económica habla de un declive. Una mirada más larga insiste en señalar un cuasi estancamiento, una 'trampa' de lento crecimiento con desigualdad tal y como nuestro querido Jaime Ros describió los yerros de nuestra economía.

La inversión privada parece estar paralizada. Las promesas cupulares de hace unos días en Palacio tardarán en materializarse en más empleo y mayor interdependencia en el conjunto productivo nacional. De aquí el temor de algunos de que podamos pasar sin mayor injerencia foránea a un receso abierto, tal y como reza el concepto acuñado por los investigadores estadounidenses.

La más reciente presentación del secretario de Hacienda nos habla de que, por lo menos en los pasillos de Limantour, se sospecha del declive y se intuye la necesidad de mostrar que el gobierno está decidido a atajar sus peores tendencias recesivas. El gobierno entero tendría que estar metido en la tarea de identificar sectores y regiones, montos de gasto y agencias operativas para actuar de inmediato, de no estar bajo el velo de la militante incredulidad económica a que se ha dado el presidente.

La reactivación del gobierno como actor económico no reconoce horas señaladas, pero ésta es tan buena como cualquier otra para empezar a reconocer que el ahorro disfrazado de austeridad es, en macroeconomía, sinónimo de inducción pro cíclica, y que lo que estas realidades reclaman es un replanteamiento del papel crucial que tiene la inversión estatal como creadora de nuevos campos para los negocios y la inversión privada y como vector indispensable para darle a la infraestructura una dimensión que los años de austeridad mal concebida y peor entendida han borrado.

Más que un entendimiento puntual entre gobierno y empresa, la coyuntura exige una efectiva reconstrucción y actualización del formato de economía mixta que se abandonó y estigmatizó al calor de las crisis de los años ochenta. Sin contar con el necesario Consejo Económico y Social ni con órganos de estudio y monitoreo fiscal y financiero, urge poner a trabajar en esa dirección a las instituciones con las que se cuenta, en especial la banca de desarrollo y el propio Banco de México.

Un programa nacional de inversiones encabezado por el Estado podría ser la arena para intentar un nuevo pacto histórico al que habría que invitar a los “desconocidos de siempre” de la fantasía liberista (los sindicatos y las organizaciones sociales de productores). Con iniciativas de este corte se ampliaría la convocatoria a la cooperación social y productiva y hasta podríamos poner de nuestro lado a las otrora arrogantes instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial o el FMI. Nadie puede presumir hoy que las tiene todas consigo.

“(…) Una política sin mando y sin responsabilidad es una política en decadencia y pronto es arrollada por los hechos -afirmaba Jorge Cuesta. La grandeza de la política está precisamente en su riesgo, en sus vicisitudes y contingencias. Y en cuanto abandona su riesgo se empequeñece” (Jorge Cuesta, Poemas y ensayos, México, UNAM, 1978).

Tal vez llegó la hora de desenterrar los acuerdos rotos y olvidados y echar a andar un motor que parece inmóvil.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.