El valor de la amistad se celebra en nuestro país el catorce de febrero; sobre este tema, Marco Tulio Cicerón, el gran orador romano, escribió en su famoso diálogo de Amicitia una especie de antología del pensamiento griego. Cicerón define la amistad como la vivencia de un acuerdo, con benevolencia y afecto, en las relaciones humanas y trascendentes. La palabra amistad deriva del verbo latino amare que significa procurar el auténtico bien de una persona en cuanto otra.
En un párrafo elocuente, Cicerón establece la primera ley de la amistad: que no pidamos a los amigos nada innoble o indecoroso (res turpes), ni las hagamos si nos lo piden. En pocas palabras, la amistad se basa en la bondad, no en la maldad, ni en lo falso o lo fingido. En un plano superior, el mejor amigo es aquel con el que se puede comunicar los más profundos y espirituales anhelos de la vida.
El intercambio afectuoso en la amistad nos conduce a la entusiasta ayuda mutua, que es una de las mayores alegrías en la vida. Pero ¿cómo se conoce al amigo? Cuando el monedero está vacío y el corazón triste, cuando supuestos amigos destruyen la paz, entonces, otras personas te pueden proporcionar ayuda, estas son verdaderas y nobles amistades. El auténtico amigo, el amigo leal, el amigo cierto, se descubre en los asuntos difíciles, inciertos.
Por consiguiente, ante las malas amistades y sus nefastas consecuencias, solo hay un remedio: ser precavidos, no apresurarnos a entregar el afecto a personas indignas. En cambio, en la amistad debe brillar el respeto, ya que sin este se despoja a la amistad de su joya más preciada. De igual modo, la cortesía suele crear amigos, esta va de la mano de la amabilidad, más sin caer en la adulación.
La amistad nos abre a los demás, nos invita a compartir; a gozar la belleza del universo y el esplendor de las estrellas. En muchos asuntos humanos, aunque fueran ordinarios, si no tenemos a quién transmitirlo con afecto y con amor se disminuiría la alegría en nuestra vida. Igualmente, nos hundiríamos en la tristeza si no supiéramos comunicar nuestras dificultades. Alguien ha dicho, con razón, que ante los problemas y dificultades el amigo acude espontáneamente, como la sangre a la herida.
El cultivo de la amistad crea un entorno más humano y puede culminar, como lo exalta Platón en la Dialéctica del Eros, en la amistad del Ser trascendente; posteriormente, esta corriente influirá en el cristianismo. La amistad rompe barreras entre los sexos, las culturas, las religiones, las situaciones sociales… y florece con la comunicación y con la comunión. La amistad es humilde, brota del desinterés y se nutre con el amor, con la compasión, con la verdad, con la claridad, sin sombras ni dobleces y, en muchas ocasiones exige el valor del sacrificio. “No hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. (Jn 15, 13).
El Papa Francisco en la Encíclica Fratelli Tutti nos dice que la amistad contribuye a crear un mundo más humano y más justo. El gran poeta español Federico García Lorca asocia acertadamente, en un hermoso poema, la amistad con la fraternidad.
“Si un día el camino
que venía liviano,
se te vuelve obscuro
y encima empinado,
busca a tus amigos
tómales sus manos
apóyate en ellos
para repecharlo…
Con los que te queremos
se hará más liviano,
cuando el cuerpo afloje
te sientas cansado;
cuando la tristeza
a tu alma haya entrado;
busca a tus amigos,
busca a tus hermanos…
Se conoce el dulce,
probando lo amargo.
Tras subir la cuesta,
se disfruta el llano;
así es nuestra vida,
te lo juro hermano…
encontrarás manos
abiertas, tendidas,
de amigos, de hermanos;
ya para empujarte,
ya para un abrazo;
y al fin de la cuesta,
disfruta del llano”.
Si desapareciera la amistad en nuestro mundo –exclama Cicerón– sería como si el sol dejara de iluminarnos, en efecto, Teilhard de Chardin señala que “el amor es la más universal, la más formidable y la más misteriosa de las energías cósmicas”. La humanidad no perecerá por falta de energéticos, sino por falta de amistad, por falta de amor.