Claudia Sheinbaum asistió el fin de semana pasado a la Cumbre de países enmarcados en la agenda progresista, dicen ellos: Global Progressive Mobilisation.
Las figuras centrales, Pedro Sánchez de España, Lula da Silva de Brasil, Gustavo Petro de Colombia, más Uruguay, Sudáfrica y otra docena de países. Todos gobiernos de izquierda o identificados con partidos e ideologías de izquierda.
El gran reto del evento era impedir que la narrativa anti-Trump, antiimperialista, anticapitalista y ahora agravada por las guerras, antimilitarista, pudiera dominar el encuentro.
La solución fue invertir el discurso: en vez de señalar todo lo que rechazan, los múltiples no a la guerra, al bloqueo comercial en Cuba, a la inmigración perseguida y encarcelada de forma inhumana, etcétera. Eligieron con tino afirmar “Por la defensa de la democracia”.
Y ahí sí existen coincidencias porque es tan genérico el título, que hasta Putin afirma que protege y defiende la democracia.
¿La democracia de quién? ¿La de qué sello y estilo?
En México, Morena y Claudia Sheinbaum se autodefinen como demócratas progresistas, cuando buena parte de sus reformas jurídicas, sus iniciativas de ley y su centralización del poder son retardatarias y han arrasado con instituciones democráticas, contrapesos al poder.
Se llenan la boca al hablar de democracia, cuando todos los días, paso a paso —observe usted en detalle los candidatos seleccionados para la renovación de consejeros electorales—, toman medidas para disminuir la democracia real, la competencia equilibrada en elecciones abiertas, ciudadanas, democráticas, sin la participación de un Estado nacional que incline la balanza e influya en los resultados.
Eso no es democracia. Está muy bien defenderla en el discurso, pero no estaría mal hacerlo en los hechos también.
¿De qué reforma quiere usted hablar? ¿De la electoral? Que pretendía quitarle derechos a los partidos, reducir el número de representantes ante el Congreso, disminuir los presupuestos asignados a los partidos —de oposición, se entiende— porque el que gobierna tiene acceso a todo.
¿De la judicial? La que eliminó la pluralidad de jueces y magistrados, ministros todos acólitos de la misma capilla, para tener un solo modelo, sistema y práctica judicial, la que defienda al gobierno y a su partido.
¿De la reforma que eliminó los organismos autónomos?
Sigo buscando una auténticamente democrática y no encuentro. Lo invito, por favor, a que me corrija.
Probablemente las pensiones y los programas sociales sean muy democráticos; el problema es que no hay padrones, registros, controles ni transparencia en el manejo de cientos de miles de millones de pesos que, con una altísima probabilidad, se usan también para otros fines político-electorales.
México ha retrocedido en su posición mundial de regímenes democráticos porque se reconoce en el mundo que en nuestro país se han dado pasos en reversa de la consolidación de un régimen plenamente democrático.
El partido en el poder lo controla todo, lo abarca todo y se niega al menor diálogo con la oposición o con los otros poderes fácticos.
La repetida súplica —perdón, invitación— a los empresarios para que inviertan se enfrenta una y otra vez al mismo obstáculo: la falta de certidumbre jurídica, de credibilidad en las instituciones, de seriedad legislativa. Especialmente cuando aprueban corregir pensiones garantizadas en franca, flagrante y cínica violación a la Constitución al aplicar nuevas leyes retroactivas.
Es penosa la contradicción. Muy común en la izquierda latinoamericana, tan afecta a permanecer en el poder, aunque para ellos haya que aplastar derechos, leyes y avances jurídicos.
La eterna defensa de Cuba como un valor intrínseco a todo partido de izquierda es una negación misma a la democracia, que, por supuesto, en la isla no existe. Pero de todos modos se le defiende, ¡faltaba más!, si es el mito fundacional de la izquierda continental.
Con todo, se reconoce el esfuerzo de la presidenta por regresar a México a la escena internacional. Por dialogar —su antecesor solo hablaba con el espejo— con líderes de otras latitudes y, reconocimiento doble, por normalizar las relaciones con España.
Esconderse en el kiosko de Macuspana le resultó enormemente caro a México al retirarse de foros y debates, donde su doble papel de socio estadounidense y, al mismo tiempo, bisagra latinoamericana, fue abandonado por los últimos 7 años.
Claudia vuelve a la escena internacional y ese solo hecho es valioso y trascendente.
Ojalá y pueda también hablar con la oposición al interior de México, algún día, por lo menos.