Sonya Santos

Aquella mañana en Xochistlahuaca

Los textiles amuzgos son memoria viva de México. Preservarlos exige, más que admiración, dignidad para quienes los tejen.

La riqueza de una nación no puede valorarse únicamente por el tamaño de su economía, sino también por su capacidad para preservar y fortalecer las culturas que le dan identidad. Cuando comunidades como la amuzga mantienen vivo un conocimiento textil transmitido durante generaciones, la tarea no es solo conservar una artesanía, sino crear las condiciones de bienestar para que ese patrimonio cultural pueda seguir floreciendo.

En la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca habita el pueblo amuzgo, una comunidad indígena cuya historia se remonta a tiempos prehispánicos y que ha logrado preservar su lengua, sus tradiciones y una de las expresiones textiles más extraordinarias de México.

Los amuzgos son reconocidos por el dominio del telar de cintura, una técnica ancestral que ha pasado de madres a hijas durante generaciones. En sus manos, los hilos se convierten en huipiles, lienzos y prendas que destacan por la complejidad de sus diseños y la riqueza simbólica de sus figuras. No se trata solamente de textiles bellos; cada pieza guarda conocimientos, creencias, recuerdos y formas de entender el mundo.

Quien observa uno de estos tejidos descubre flores, aves, caminos, montañas y elementos de la vida cotidiana transformados en lenguaje visual. Cada puntada es resultado de horas de trabajo, paciencia y aprendizaje. Pero también es una forma de preservar una memoria colectiva que se niega a desaparecer.

A menudo hablamos del desarrollo de una nación en términos de crecimiento económico, inversión o infraestructura. Sin embargo, existe otra riqueza menos visible, pero igualmente valiosa: la capacidad de conservar aquello que nos hace únicos. Las culturas indígenas forman parte esencial de esa riqueza. Son depositarias de conocimientos, técnicas y formas de vida que han sobrevivido durante siglos pese a los desafíos de la historia.

La paradoja es evidente. Muchas de las comunidades que resguardan algunos de los patrimonios culturales más importantes del país han enfrentado también condiciones de marginación y rezago. Resulta difícil comprender cómo pueblos capaces de crear obras textiles admiradas en México y en el extranjero han tenido que luchar durante décadas por mejores oportunidades, acceso a servicios y canales justos de comercialización.

Por ello, hablar de los textiles amuzgos no debe limitarse a la admiración estética. Detrás de cada pieza existe una artesana, una familia y una comunidad que trabajan para mantener vivo un legado ancestral. Cuando una mujer amuzga enseña a su hija a utilizar el telar de cintura, está transmitiendo mucho más que una técnica, está compartiendo una identidad, una historia y un sentido de pertenencia.

En un mundo cada vez más acelerado y homogéneo, los textiles amuzgos nos recuerdan que hay conocimientos que no pueden fabricarse en serie ni sustituirse por máquinas. Son el resultado de generaciones enteras que han encontrado en el tejido una forma de contar quiénes son.

Sus textiles, elaborados con una maestría excepcional, no son solamente artesanías. Son relatos tejidos que resguardan la historia, la cosmovisión y el orgullo de un pueblo que ha sabido mantener viva su identidad a través de generaciones.

Quizá por eso hay imágenes que permanecen en la memoria mucho después de haber abandonado una comunidad. Durante mi última visita a Xochistlahuaca, Guerrero, recorrí el tianguis dominical que comienza a cobrar vida desde muy temprano. Ahí presencié una escena que me acompañará siempre.

Una artesana ofrecía un huipil tejido con paciencia, saberes heredados y años de experiencia. Un comprador —que a simple vista parecía un revendedor en busca de aplicaciones para camisas— le pidió únicamente una parte del lienzo. Ella, sin vacilar, sacó unas tijeras de su bolsa y comenzó a cortarlo.

Mientras las tijeras avanzaban sobre la tela, comprendí que no solo estaba dividiendo una pieza textil. Aquella mujer estaba intentando resolver una necesidad inmediata; quizá conseguir el dinero suficiente para alimentar a su familia o comprar algún artículo indispensable para el hogar. Pero al mismo tiempo sentí que algo más se desgarraba frente a mis ojos. Mi corazón también se partía con cada corte.

Porque cuando la pobreza obliga a fragmentar una pieza que concentra siglos de conocimiento, no estamos perdiendo únicamente un textil. Estamos debilitando una cadena de saberes, símbolos y significados que ha sobrevivido por más de dos mil años. Estamos poniendo en riesgo una herencia cultural que llegó hasta nosotros gracias a la perseverancia de generaciones enteras de mujeres amuzgas.

Por eso debemos trabajar para que la cultura amuzga no desaparezca. No basta con admirar sus huipiles, reconocer su belleza o exhibirlos como símbolos de identidad nacional. Es indispensable crear las condiciones para que las artesanas, las maestras tintoreras, las mujeres que preparan el algodón y quienes mantienen viva esta tradición puedan vivir dignamente de su trabajo y encuentren en él una posibilidad real de bienestar.

La verdadera preservación del patrimonio no consiste únicamente en conservar los textiles, sino en garantizar la continuidad de las comunidades que los hacen posibles. Porque si no somos capaces de construir oportunidades para ellas, seguiremos cortando algo más que un lienzo: estaremos cortando memoria, pertenencia, identidad, futuro, y perdiendo nuestra patria.

La pregunta entonces no es cuánto vale un huipil amuzgo. La pregunta es cuánto estamos dispuestos a hacer para que el pueblo que lo creó siga existiendo y floreciendo. Porque con esos hilos no solo se tejen bellezas. También se teje la memoria viva de México.

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